Por Aleksander Aguilar (*)

Parece que nadie quiere decir con todas las letras que hubo una derrota del ex-presidente Manuel Zelaya y de la diplomacia internacional en el obtuso golpe de Estado ocurrido en junio del año pasado.

LONDRES-Hay un curioso silencio sobre la cuestión Honduras. Parece que nadie quiere decir con todas las letras que hubo una derrota del ex-presidente Manuel Zelaya y de la diplomacia internacional en el obtuso golpe de Estado ocurrido en junio del año pasado. Los que se manifiestan sin pudores en reconocimiento al golpe son los que ya no sorprenden, pues son gente como Álvaro Uribe, Ricardo Martineli, Barack Obama. Tampoco será sorpresa que el nuevo presidente del Chile, Sebastian Piñera, pronto envíe sus saludos a Porfirio Lobo.  Su investidura como presidente de Honduras – nada más que un instrumento articulado por los golpistas  rabiosos y miedosos de transformaciones progresistas – es la legitimación de un vergonzoso precedente en el continente; un método de intervención que, quizás ingenuamente,  ya era considerado anacrónico. Los demás actores internacionales usan subterfugios para expresar sus posiciones. O peor aún, dan señales de reculo o de aceptación del gobierno que representa un continuismo del golpe, ahora vestido con un disfraz de institucionalidad. La mayoría de los países latinoamericanos y caribeños espera la cumbre de presidentes del Grupo del Rio, que ocurre día 21 de este mes en Cancún, México, para hacer explicitas sus posiciones.

El simple hecho de hacer callada mientras Lobo emprende su búsqueda por reconocimiento internacional es preocupante. En el contexto de las Américas ningún asunto jamás ha tenido el rechazo que ha tenido lo de Honduras. Cuando Cuba fue suspendida de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en 1962, fue en votación dividida; Honduras como el segundo país en sufrir esa suerte lo fue en votación unánime.  Pero días antes de la investidura de Lobo el Secretario General de esta Organización, José Miguel Insulza, calificó como “buena noticia” los compromisos anunciados por el continuador del golpe. “El compromiso que asume de manera completamente libre y personal el señor Lobo de crear un gobierno de Unidad y Reconciliación Nacional son un buen camino”, aseguró el Secretario. Lo curioso es que la reconciliación posible es únicamente entre los cinco tristes e degenerados partidos hondureños, entre perder o no privilegios a través de un común acuerdo para que la cooperación internacional regrese al país antes que el Estado colapse y ya no haya ningún poder que repartir.  El pueblo y los movimientos sociales y populares no están dispuestos a institucionalizar los rompimientos del estado democrático y de derecho a través de pactos con golpistas. El Frente Nacional de Resistencia en Contra del Golpe de Estado ya anunció que busca el fracaso del gobierno golpista  (ahora encabezado por Lobo), y que el objetivo es una Asamblea Constituyente.

Si sumado a esa disposición de resistencia de los sectores populares se toma la economía para medir los problemas de Lobo, el pueblo hondureño paga caro por las irresponsabilidades de su patética elite. Según la Comisión Económica Permanente para América Latina (CEPAL) Honduras cerró el 2009 con una contracción de su Producto Interno Bruto equivalente al 3%, lo que la llevó a registrar su primera recesión en los últimos diez años. El nuevo presidente del Congreso hondureño, Juan Orlando Hernández, en entrevista a la BBC, se refirió a la pérdida de por lo menos 200 mil empleos a raíz de los sucesos de junio pasado.

Aun así, el Secretario Insulza, ansioso por intentar esconder la falta de capacidad de la OEA en solucionar crisis de esta magnitud,  llamó los países de la organización a evaluar el presunto “retorno progresivo” de Honduras a la convivencia democrática, en un indicativo bizarro de asumir la investidura de Lobo como un avance y de intentar convencer que hubo éxitos del Acuerdo Tegucigalpa-San José, pues la única propuesta del Acuerdo ya no se va a poder cumplir será el retorno del Presidente constitucional de Honduras, José Manuel Zelaya.

Para sustituir este pequeño detalle del Acuerdo que por razones ocultas (digámoslo con ironía) no pudo ser aplicado, se planteó y se organizó a Zelaya una “salida digna”. Quizás a Lobo le hubiera gustado asumir la presidencia con Zelaya ya fuera del país pero este sólo pudo salir hacia la República Dominicana cuando el nuevo mandatario, elegido bajo la dictadura de Roberto Michelleti,  ya tenía encima la banda presidencial. Todo lo que el presidente constitucional pudo decir fue un solitario “volveré” con ansias de hacer valer la lucha y la dignidad. Zelaya dejó la Embajada brasileña en Tegucigalpa donde estuvo unos cuatro meses para ir al aeropuerto y dejar su país a través de un salvoconducto apenas algunas horas después de Lobo haber asumido su cargo.

Es sintomático que tanto Zelaya y el presidente de la Republica Dominicana, Leonel Fernández, abogaron por una reforma a la Carta Democrática Interamericana, aprobada en 2001. No hay sanciones coercitivas a los regímenes golpistas contempladas en el documento, que sólo establece la suspensión del país de OEA. Jorge Heine, abogado, diplomático y ex ministro de Estado chileno, asevero en artículo para el periódico español El País sobre el caso Honduras que “si el sistema interamericano es incapaz de restaurar la democracia en Honduras, uno de los países más débiles de la región, no es capaz de hacerlo en ninguna parte. Y si se permite el éxito del golpe de Estado en Honduras, se habrá sentado un precedente muy grave”.

La hesitación o retroceso de los países que antes firmaron el rechazo al golpe en Honduras es la legitimización de este precedente. Sentado sobre la “real politik”, El Salvador ha estado actuando de esta manera (Honduras, además de toda la complejidad con el tema frontera, es un importante socio comercial). El Canciller Hugo Martínez afirmó que El Salvador da los primeros pasos para restablecer relaciones con Honduras. “Vamos hacia la normalización de relaciones con Honduras y estamos trabajando para que esto sea lo antes posible", declaró la prensa.

Y Brasil, que acabó por convertirse en uno de los protagonistas en la crisis, permite que la prensa reaccionaria del país tilde su acción diplomática (al divulgar la versión que el país dio señales de rever su posición) por afirmar  que espera la reunión del Grupo del Rio para nuevas manifestaciones.

Pero Brasil no puede hesitar. La apuesta de Brasil en el caso hondureño fue duramente criticada por gente como Jorge Castañeda, canciller mexicano, al decir que el gigante se comportaba como un enano por asumir batallas menores por países “poco decisivos”. Sin embargo, al calcular estos riesgos, la diplomacia de Brasil, busca hacer del país un nombre esencial en Latinoamérica. El caso de Honduras está en el marco del esfuerzo por recuperar y consolidar la democracia en el continente a través de la táctica de evidenciar su influencia y capacidad conciliadora. El rol de más peso en las relaciones internacionales conquistado por América Latina en los últimos años, con la reducción de la presencia estadounidense y aumento de la cooperación sur-sur, constituye un capital político que está siendo puesto a prueba en Honduras. Mientras la sociedad hondureña en su conjunto no termine de procesar los sucesos del 28 de junio de 2009, el tema seguirá siendo una potencial fuente de conflicto en el país.

Como potencia regional con aspiraciones globales, Brasil no puede darse el lujo de no seguir firme por la resolución de las crisis en su entorno, pese que Centroamérica no está en su esfera de influencia inmediata. Asumir la crisis de Honduras en su agenda de prioridades es justamente un camino para ampliar su liderazgo hemisférico y ser tomado en serio en el resto del mundo. En el caso de Brasil, no hay “realpolitik” que justifique un retroceso en su posición en no reconocer el gobierno de Porfirio Lobo y esta firmeza es lo que se espera que el país mantenga en la cumbre del Grupo del Rio.

(*)Comunicólogo y colaborador de ContraPunto