Aleksander Aguilar (*)

LONDRES - En el día 3 de octubre Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), el partido del fenómeno político Luiz Inácio Lula da Silva, se ha convertido en la primera mujer elegida como presidenta de Brasil. El país todavía vive la  euforia de una elección que estableció marcos importantes en la joven – pero tratando de presentarse como fuerte – democracia brasileña. Más allá de la diversidad de opiniones sobre lo cuan benéfico, o no, para el país representa esta opción de los brasileños por el continuismo del gobierno del PT, la nación suramericana vivió un hecho simbólico: de la Presidencia de la República de un país con la importancia geopolítica,  y económica, como Brasil salió, después de ocho años, un obrero y ahora entra una mujer. Algo casi impensable en el Brasil de poco más de diez años.

 

Ahora, en el periodo en que se prepara la sucesión y los nombres que conformarán el nuevo gobierno, analistas de todo el mundo parecen preocupados en discutir cuanto del éxito de la  victoria de Dilma sobre el candidato  de la oposición, de centro-derecha (PSDB), José Serra, pertenece a sus propios meritos políticos  o a la irrupción de Lula en la campaña electoral. Lula ha volcado todo su prestigio sobre la candidatura de Dilma y esto no es secreto para nadie. Un presidente que sale de dos gobiernos, ocho años en el poder, con 80% de aprobación de su país y que ha logrado una posición de prestigio internacional para Brasil que el país nunca antes había experimentando obviamente trataría de buscar asegurar la presencia de su partido como protagonista en el gobierno federal y asegurar que las políticas establecidas – que hasta aquí parecen estar funcionando – tengan continuidad.

 

Lo “novedoso” y lo que conforma lo que realmente merece análisis en esta elección en Brasil, sin embargo, es la revelación de los prejuicios latentes y el rompimiento del mito de la tolerancia brasileña. Son las contradicciones que aparecen (o dejan de esconderse) descaradamente en el escenario socio-político brasileño después de una campaña electoral compleja y llena de groserías entre los dos principales partidos adversarios.  Para  un país que anhela dejar su posición de emergente y consolidarse como potencia, dos actos en un teatro de absurdos hicieron el país alejarse del presunto sueño de democracia y acercarse a la pesadilla de las divisiones sociales.

 

El primer acto de este circo ocurrió en la segunda vuelta de las elecciones, marcado  por la hipocresía del debate sobre el aborto. El fanatismo religioso de los neopentecostales y de sectores de la iglesia católica sobre la legalización o discriminación del aborto logró definir la agenda de las elecciones. Los grupos religiosos tuvieron suficiente poder de persuasión para ganar el lobby sobre los dos candidatos hasta el punto de hacer ambos se comprometieren públicamente en no cambiar la legislación sobre el aborto en Brasil, caso fuesen elegidos para la Presidencia de la Republica. Para un país que ahora juega serio entre las grandes potencias del mundo, esta sumisión de sus líderes políticos a la presión religiosa es sintomática de que todavía hay mucho que realizarse en Brasil en materia de Derechos Humanos.

 

Sin embargo el segundo y más impresionante y preocupante acto del absurdo de la elección brasileña ha surgido luego de haber sido anunciada la victoria de Dilma Rousseff. En las redes sociales de la internet, un post de una estudiante universitaria de la elite blanca brasileña, residente en Sao Paulo, ha evidenciado el odio y el prejuicio de clase social intensamente arraigado en Brasil e hizo con que el tema divisiones sociales en Brasil regresara a la agenda política nacional.

 

Con sus dimensiones geográficas continentales, la unidad brasileña, cultural y lingüística, es celebrada mundialmente como un éxito, sin embargo bajo idea de tolerancia se sienta el más puro prejuicio entre las regiones del país que viene de los estados del Sur - presuntamente más ricos –  hacia los del Norte, más empobrecidos y más negros.

 

El Noroeste brasileño es dentro de la historia nacional la región que más ha sufrido con la exploración predatoria de sus recursos naturales, pésimas administraciones públicas y enormes brechas entre ricos y pobres. Sumado a periodos de intensas sequias que han empeorado las condiciones de vida en la región, a lo largo del siglo XX muchos brasileños de eses estados han migrado hacia el Sudoeste, particularmente Sao Paulo e incluso algunos se han aventurado hasta el extremo Sur del país – una región con formación étnica mas europeizada, particularmente por italianos y alemanes.

 

Dilma Roussef obtuvo su mayor número de votos de los electores que viven en el Noroeste del país. Y en este escenario muchos electores de la oposición perdedora pasaron a distribuir en sus redes sociales mensajes de odio y prejuicio contra los nordestinos, intentando acúsalos de haber votado por la continuidad del PT en Brasil por cuenta de su “ignorancia” y susceptibilidad al discurso “populista” del partido de Lula. Las elites brasileñas, principalmente las de Sao Paulo, manifestaron sus prejuicios con declaraciones de odio, contra sus propio nacionales, con frases como la que se ha convertido un símbolo de esta discusión en Brasil: “Nordestino nao e gente. Faça um favor a Sao Paulo, mate um nordestino afogado” (Los nordestinos no son gente. Haga un favor a Sao Paulo, mate un nordestino ahogado). 

 

El tema ha alcanzado fuerte repercusión en todo el territorio brasileño a través de la internet, de los periódicos y de los noticieros de televisión. Hubo intervención de la justicia que ha demandado la estudiante que ha empezado las declaraciones de odio por crimen de racismo. Pero el Ministerio Público Federal del Estado de Sao Paulo ha recibido denuncias de más de mil perfiles de usuarios del Twitter en Brasil que también han hecho declaraciones de odio en contra de los nordestinos.

 

En sentido estricto lo que existe en este tema no es racismo, sino un odio de clase latente en sectores de la sociedad brasileña que se traduce en prejuicios. Para estándares internacionales, especialmente en una Europa acostumbrada con el debate sobre migración y extranjeros, el odio de grupos sociales por gente de su proprio país puede sonar particularmente raro, especialmente cuando se trata un país que étnicamente es fruto del mestizaje de una amplia diversidad de razas y nacionalidades como Brasil.

 

El fenómeno de la unidad territorial-cultural- lingüística brasileña basado en la idea de tolerancia ha comprobado, a partir de este episodio,  estar conformado por mitos y estereotipos que acaban por contribuir para la vulnerabilidad del país en discutir el tema con la seriedad necesaria.  Esta presunta unidad brasileña ha sido construida con mucha represión del poder central, aun en los tiempos monárquicos de la nación, y frecuentemente ha enfrentado oposición de diferentes grupos de interés.  Pero diferentemente de muchas partes de Europa este debate en Brasil ya no tiene espacio, ni tampoco el menor sentido, especialmente cuando basado en nada más que prejuicios. Estas burbujas, artificiales, de distinciones raciales en Brasil deben ser reventadas antes que el país pague, como bien conocen los europeos, el alto precio de las divisiones sociales étnicas.

 

(*) Académico y colaborador de ContraPunto