Luis Armando González (*)  

SAN SALVADOR - Las sociedades realmente existentes están atravesadas conflictos de la más variada naturaleza, en los cuales los distintos sectores buscan defender sus intereses particulares. Estos intereses de grupo –o de clase, si se los quiere ver así— no sólo están presentes en la dinámica social, económica y política, sino que sus portadores buscan defenderlos con uñas y dientes. 

En El Salvador es indudable que tenemos grupos sociales con intereses fuertemente contrapuestos que los colocan en ámbitos de realidad también contrapuestos. Definitivamente, la sociedad salvadoreña no es una sociedad homogénea, sino heterogénea. Esa heterogeneidad, surgida de la contraposición entre quienes concentran los principales recursos económicos del país y quienes apenas tienen su cuerpo como recurso para sobrevivir, hace del país una realidad estructuralmente conflictiva.

Sin embargo, los grupos que concentran los recursos económicos, pretenden también concentrar los recursos simbólicos, entre los cuales las palabras ocupan un lugar de primera importancia. Apropiarse de las palabras de mayor resonancia –más seductoras, diría Alex Grijelmo— es una vieja ambición de las élites salvadoreñas, lo cual lograron con cierto éxito en el pasado con palabras como “Nación”, “Patria”, “Orden”,  “Raza”,  “Pertenencia”, y “Organismo” que fueron explotadas en su uso a más no poder, al tiempo que fueron identificadas con los sectores dominantes que, por un artilugio, se convirtieron en la encarnación de ellas.

Esas palabras han perdido el efecto movilizador que tuvieron en el pasado. El tufillo de derechas que emana de las mismas las hace poco atractivas para unas élites que, sin dejar de ser de derechas, quieren pasar por modernas y actualizadas en su discurso.  Antes, palabras como las mencionadas sirvieron para elaborar un discurso de Unidad Nacional que, en la práctica, era negado por las exclusiones que se hacía de quienes  no pertenecían a la Patria, a la Nación, a la Raza o al Organismo social. 

La derecha salvadoreña nunca ha dejado de ambicionar la elaboración de discursos en los que se diluyan las contradicciones sociales reales. Esa pretensión secular suya requiere de nuevas palabras.

¿Cuáles usar en lugar de las palabras de antaño?  En estos momentos, dos de las preferidas son “Sociedad” y “Civil” que si separadas tienen una enorme carga de significado, cuando se las pone juntas son ciertamente cautivadoras para quienes las asocian con demandas que nacen de los más hondo de la sociedad, es decir, del Pueblo. “Sociedad civil”: esta es la frase que la derecha salvadoreña busca hacer suya, convirtiéndose –esta es su pretensión— en la mejor expresión de la misma. 

No es una apropiación inocente y sin consecuencias; dentro de estas últimas, la más grave es la pérdida de significado de un concepto –pues se trata de eso: de un concepto bien afianzado en las ciencias sociales— con un fuerte anclaje progresista y popular. Y es que, aunque visto fríamente –y tal como el concepto cuajó en América Latina en los años setenta y ochenta del siglo XX--, en la Sociedad civil caben organizaciones empresariales tipo ANEP y FUSADES, el soporte histórico que da carne al concepto son las organizaciones populares, sindicales, gremiales y cooperativas que vertebran a la sociedad civil en América Latina, y que hicieron la resistencia a las dictaduras militares.

La gran jugada de la derecha salvadoreña es, en su noción de sociedad civil, restar protagonismo a estos sectores populares, haciendo del concepto algo que está  sostenido por gente de traje, corbatas,  perfumes caros, autos  de lujo y comodidades de todo tipo. Y lo más grave: se pretende convertir a los sectores populares en subordinados de quienes se pretenden erigir en los valedores de la sociedad civil salvadoreña. 

Claro, el concepto tiene una dimensión envolvente que no se puede negar. Y aparentemente, todos los que pertenecen a la sociedad civil, en esa apropiación del concepto por parte de la derecha, son iguales. Pero, ¿es así? Obviamente que no. Tanto no es así, que en el pasado reciente muchos de quienes ahora se dicen portavoces de la sociedad civil avalaron terribles violencias contra organizaciones populares de la sociedad civil.

Más aún, es seguro que las instancias de derecha que se ufanan de ser la sociedad civil no estarán anuentes a integrarse a movimientos de la sociedad civil con protagonismo popular. De hecho, este primero de mayo no se vio a ninguno de sus miembros caminar, junto a los trabajadores y trabajadoras, desde El Salvador del Mundo hasta Catedral Metropolitana. 

En fin, en una realidad conflictiva como la nuestra, las palabras no son ajenas al conflicto, o mejor aún, a los intereses en juego en esos conflictos. De tal suerte que quienes buscan llevar adelante cambios importantes en la realidad nacional salvadoreña no pueden descuidar el combate que se libra con las palabras y las palabras. Perder la disputa por las palabras puede ser un fuerte obstáculo para el cambio social, porque quien domina las palabras, quien se apropia de su significado, impone a los demás su forma de ver la vida, impone a los demás sus intereses particulares.

(*) Columnista de ContraPunto