La terquedad del izote de Carlos Henríquez Consalvi (Santiago)

(Translated into the imperial and universal language by Charles Leo Nagle V with A. L. (Bill) Prince: Broadcasting the Civil War in El Salvador.  A Memoir of Guerrilla Radio, U. of Texas P., 2010.  Introduction by Eric Ching.   http://www.utexas.edu/utpress/books/conbro.html).

Por Rafael Lara-Martínez 

 

Desde Comala siempre…

Con la sensación de haber perdido la memoria de todos.  CHC

0.  En el desierto de lo real

Me es difícil imaginar la montaña boscosa.  Saturada en musgo y coníferas.  Desde el árido páramo. 

Como transcurro en el desierto de Aztlán.  Inculto y reseco.  Me es arduo aceptar que el mar y la sierra existen. 

No hay pruebas tangibles.  Poseo razón de desmemoriado. No se me ocurriría pensar.  El océano es más vasto que la planicie; el agua más abundante que el polvo.  La vida, superior y más extensa que la muerte. 

En la aridez, bajo el sol abrasador.  Rodeado de ceniza que arrastra el viento.  Hasta la lluvia me parece un sinsentido.  Quizás la calma y la paz del páramo me obliguen a la demencia.  En su hermosa sonoridad la lluvia me evoca el sabor de una leguminosa, alubia.

Reviso los anaqueles de la biblioteca.  ¿Cuáles documentos me confirman la existencia de montañas colmadas de pinares, donde habitan seres semejantes a los que pueblan la sabana? 

 

I.  El libro, el mundo

Extraigo un libro al azar.  Verde amarillo por falta de uso.  Un libro que me obsequió un desconocido, una sombra amigable del pasado.  Lo recibí autografiado en una remota comarca con nombre propio, cuando todavía yo estaba vivo.  Ignoro si ese lugar es real.  Fantástico o virtual. 

 

Lo hojeo.  Encuentro en sus páginas un diario novelado.  Con interrupciones, día a día el escritor da constancia de su paso por aguerridas montañas. Su labor es meticulosa, en exceso de helechos y esporas que esparce.  Quizás porque su llegada la motivaron Dioses Similares a los Nuestros.  Y algo más mundano, poderoso: el amor

 

Su escrito remeda a los que estudian otras culturas.  Combina su propia experiencia con la ajena.  Sus sentimientos se entremezclan en barroca sinfonía, música y danzas, con reportajes e informes periodísticos. 

 

Se dedica a la radio.  Por ese medio transmite múltiples voces.  En ritmo sosegado, curvo, los testimonios galopan en el libro. 

 

Anhela continuar la labor de un sacerdote asesinado: Monseñor Romero (1917-1980).  Hay que darle “voz a los sin voz”.  Denuncia atrocidades desconocidas para mí que pueblo el páramo apacible.  Imagino que en su belleza trágica la montaña fuerza a tantos humanos al sacrificio y a la guerra.  Un adagio añejo reza “los muertos abonan la tierra”. 

 

El rescate de voces el escritor lo realiza en dos esferas: en la política y en la cultural.  En la primera,  documenta el surgimiento de cooperativas de ayuda mutua.  Similares a los antiguos calpullis.  Las organizan un espíritu religioso y un fervor de comunidad popular.  Al someterse a una cruenta represión, se ven obligadas a responder con una guerra de liberación inaudita en el blando páramo.  Así la llama y califica de liber

 

El “contale”, “contame” se repite página a página.  El estribillo oral me asegura la vivencia de los sucesos narrados, una historia sin documento terciario, vivida en carne propia.  Pero en su presente desgarrador, busca amarres imaginarios en el pasado.  Quizás para justificar el sufrimiento y volverlo universal.  La historia de la montaña es destructiva en su saña.  Como cuentan los ancestros sucedía en la  prehistoria del páramo.  Antes de que se instaurara la ley de la no-violencia.

 

En la segunda esfera, la cultural, el escritor ofrece una antología de la literatura de la montaña y de modelos clásicos (Carpentier, Hemingway, Vallejo…).  Transcribe poemas y cuentos de sus compañeros.  Recoge el habla popular sin “ñ”, letra sin parangón en otras escrituras.  Los dichos y leyendas folclóricas se entremezclan con el reporte de la violencia y su denuncia.  Etimologías sonoras reflejan la vida.  Perquín — “camino de brasas”; El Chongue — “llovizna de agua”, ya que la hay de fuego y de ceniza.

 

Destaca cómo las heroínas míticas de antaño —la Siguanaba del río Sapo, entre otras— reaparecen transfiguradas.  Dan testimonio de las masacres.  La violencia y el horror se disfrazan de leyenda y se expresan en el mito. 

 

La narración prosigue una estricta cronología lineal.  A los títulos se le añaden fechas de calendario que me son desconocidas.  Pero en su progresión unívoca, los días intentan crear una ilusión.  La esperanza testimonial insinúa que el tiempo no lo mide la circularidad del reloj.  Tampoco copia el ciclo de los astros. 

 

El tiempo de la montaña lo calcula la sucesión infinita de las jornadas y los años sin posibilidad de retorno.  No habría re-cuerdo.  Eso pretenden decirme las fechas.  Eso me declara la flecha (|à) que transcurre del pretérito al presente y al futuro, sin vuelta atrás.  Así sucedería la lecto-escritura del libro, de principio a fin, en copia rectilínea del mundo.

 

II.  La violencia existe

Así sería la vida en los cerros, si no existiese la violencia.  El que uno mismo participe de su furor, aunque sea para sobrevivir.  Confieso que bebo la sangre palpitante de mamíferos para apaciguar la sed.  Descuartizo serpientes para imitar la labor original de los Dioses a la hora de la creación.  Ingiero carne cruda de animales sin ponzoña.  Advirtiendo a la vez, en el páramo, la no-violencia es regla universal entre semejantes.  “No matarás”, creo que decía Romero, ¿incluso a mis enemigos?

 

En la montaña, en cambio, todos participan de la violencia entre iguales.  Esta consagración ritual los conduce a la sinrazón.  “Haber perdido la memoria”.  Al retorno cíclico y al sinfín de un ceremonial cívico llamado testimonio retrospectivo. 

 

La escritura es la fuente que nos informa de la historia, pero prosigue un camino cíclico como el del reloj.  O quizás, avanza a contracorriente (ß|) de las fechas del escrito, de la flecha que impulsa la historia objetiva y de la lectura lineal.  “Lo hacemos a la inversa”, declara el escritor. 

 

A esta reversión, el autor la denomina “casualidad”.  Los adivinos del desierto le otorgan otros apelativos: “causalidad”, “azar objetivo”, “sincronía”.  Estos cuatro nombres distinguen una actividad única.  El que dos acontecimientos sucedan de manera simultánea, al mismo tiempo, entabla una relación causal entre ambos. 

 

En esas simples palabras, el diario novelado se enrolla.  Es pergamino que narra hazañas legendarias.  Se muerde la cola e imita la labor cíclica de los astros.  Es un Caduceo en su retorno.  La escritura de la historia circula a contracorriente de la historia misma.  Emprende la búsqueda de “su propio tronco herido”, quemado, para renacer en obra histórica que brota de las letras que bullen “guardabas bajo la tierra”. 

 

Dos hechos suceden en sincronía: una acción de guerra contra un militar, Domingo Monterrosa, y la quema del manuscrito original del diario novelado (octubre de 1984).  Entre ambos acontecimientos existe una correlación de causa a efecto.  Hay una “casualidad” que es una “causalidad”.  Pero el lector ingenuo debería olvidar ese acontecer-conjunto, para que las palabras del testimonio salten del libro como cosas, como “historia verdadera de las cosas de la montaña”.

 

Su participación en la historia de la violencia, el autor la retribuye con un amplio tributo.  No limita su acción a la denuncia radiofónica de la violencia.  En cambio, cede su quehacer de denunciar la violencia y se inviste de dotes judiciales. 

 

En el instante de su investidura, obra el azar objetivo.  El diario cobra un sesgo súbito.  Se imagina novela policíaca y psicológica.  Ya no investiga “la voz de los sin voz”.  Archiva la voz y actitudes de su contrincante, la de su enemigo en la guerra. 

 

Hay una línea que se inicia en El Mozote, en diciembre de 1981.  Concluye con la novela misma.  Se consume con la paradoja, con su destrucción y su reconstrucción a posteriori.  Como el espacio, el tiempo de la montaña, el autor lo recorre “a la inversa”. 

 

A la prima causa, al origen, se llega desde su término, luego de la llegada al fin.  Esta cualidad de invertir el tiempo se llama letra, escritura de la historia, historiografía.  La narrativa de la historia la completa un descenso al origen, una odisea mito-poética que realiza un viaje tan hermoso como el de Ulises.  “Ponele poesía”. 

 

En la restitución del pasado, un borgeanismo manifiesta la intención del escritor.  Confiesa que lo apodan “Santiago el memorioso”.  Es posible “volver a hacer entre todos”, cree, lo que la violencia hace añicos.  Es viable re-crear la escritura de la historia, el monumento fragmentado del ayer. 

 

En un mundo utópico donde la ética pone en jaque a la técnica, persiste la idea de restaurar el pasado calcinado por “el factor moral”.  Los ideales, los proyectos políticos se alzarían incontaminados, eternos y sin mancha, por encima de quienes los realizan en la historia por medio de la violencia.  Habría ser sin estar, esencia sin existencia.

 

En este idealismo supremo, la pregunta clave no es la evidencia.  Juzgo secundario saber si “Santiago el memorioso” resucita a los muertos.  Si reconstruye el pasado íntegro y restituye la memoria de los caídos.  El diario novelado asume lo que el estado calla: conmemorar a las víctimas.  Su ofrenda da origen al cambio. 

 

El diario recuerda la violencia, la simiente de la historia, para que su rencor no se repita.  Dos cifras en inglés —9/11 (nine-eleven)— lo atestiguan.  Sin el trabajo de Antígona, en esa remota comarca, los muertos edificarían una nueva Comala de almas en pena, en la cual confieso que vivo y transcurro.  El testimonio lo evita.  Les erige digna sepultura.  Sin duda, me parece que “Santiago el memorioso” cumple el cometido de revivir a las víctimas en letra

 

En cambio, la cuestión nodal es indagar por qué razón el testimonio se mueve a contracorriente de su escritura,  Su memoria se desplaza hacia el mundo de los muertos, del presente al pasado.  Once años permanece el escritor en la aguerrida montaña; pero sólo documenta los primeros cuatro: “faltan los últimos siete años”.  No los reseña de manera inmediata y directa, sino retrospectivamente. 

 

En el escrito, el tiempo retrocede o circula como los astros.  No escribe lo que vive.  Transcribe lo que opaco pervive en la neblina de una montaña llamada re-cuerdo.  Descifra la bruma, a contra-corriente, remotando cerros. 

 

Al autor lo persigue la lección de Perseo.  La verdad, la vida misma, lo ciega, como a mí me ciega ver el sol en el desierto.  El autor sólo percibe la historia de manera indirecta, en su reflexión tardía en un espejo llamado escritura: en una nueva cueva platónica.  El testimonio es la restitución de lo perdido.  La constancia de un vacío.  No remite en calco a la experiencia misma.  Si acaso intenta hacerlo, lo embarga la destrucción.  Entre la vivencia y su reporte media la Nada.

 

La violencia existe.  Y al participar en ella, al volverme ser histórico, en mi desgracia y temor de admitirlo, auguro el silencio.  La historia humana es la historia de la violencia.  Su traza se llama ausencia, vacío.  Es el cero absoluto que se intitula manuscrito quemado en El Pericón y restituido posteriormente.  Esa quema del documento original —su búsqueda mítica— la historia ingenua intenta ocultarla. 

 

III.  Desde Comala siempre…

Acepto mi pasado y presente indígenas y árabe-andaluces, que anticipan el colapso de la metafísica griega tan en boga en el siglo XXI.  Los números (n+1) no comienzan con la unidad (1), idéntica a sí misma (1=1; testimonio=historia).  Para esta corriente, la obra testimonial sería réplica del anhelo por hacer que la palabra sea carne.  La escritura sería la transcripción inmediata de la vivencia, en vez de su reconstrucción tardía. 

 

Los números se inician con el cero (ø).  Como la aritmética no-occidental, la historia humana, gesta escrita de la violencia, también comienza con el vacío.  Empieza con las cenizas y el polvo, con crímenes justificados: muerte de Monterrosa y quema del manuscrito.  En coincidentia oppositorum, ambos actos arrancan de la ausencia.  La metafísica que asegura “al principio era el verbo” testimonial (1), la completa “al principio era la destrucción del verbo” testimonial (ø).

 

Lo lamento y me entristece.  Pero es lo real.  Al buscar el origen hallo la ceniza y la Nada (ø), aun si intento acallar ese crimen y quema bajo el ropaje de la justicia.  “El que matare por la causa de la justicia o por la causa que él cree justa, no tiene culpa” (Borges).

 

Me resulta paradójico.  La única prueba que la montaña tórrida existe se corresponde con la desazón de la violencia.  Recluido en el desierto de Aztlán, no cuento con otra evidencia palpable.  La única certeza me la aportan mis colegas, los muertos, con quienes convivo a diario.

 

Quizás el mundo será mejor cuando se vuelva una estepa desolada y árida.  Una planicie sin rugosidad.  Como este altiplano que a simple vista se extiende hacia el infinito (∞) del horizonte.  Aquí soy el muerto en vida, cuya palabra todos los vivos desoyen. 

 

Desertifico el mundo y predico la doctrina de la no-violencia.  Ésta será la acción que marque el paso de la prehistoria a la historia.  Aceptar que el ø engendra el ∞, que la esperanza es filial de la Nada, sería la metafísica exacta de lo actual. 

 

Para “el memorioso”, el sitio vacante original lo colmaría la esperanza de una escritura testimonial regresiva.  En “viaje a la semilla” se disfraza de Odiseo para restaurar la experiencia perdida de los inicios, el mundo de los muertos, y su transcripción originaria.  Quizás este retorno a los comienzos selle el título como eterno renacimiento primaveral de lo vegetal, del fundamento último de la escritura de la historia, la página en blanco. 

 

Tal vez…

Nota final: Nótese la imposibilidad de traducir la poeticidad del título castellano original (The Obstinacy/Stubbornness of the Yucca Tree), el cual el inglés vuelve reporte objetivo.  Así se acrecienta la ilusión referencial que hace del testimonio una escritura inmediata de la historia vivida sin mito-poética.  Ignoro en qué medida toda traición a la literatura, a la letra testimonial mediada por la quema del original, es también una traición a la historia.  Según antiguas sentencias del alemán G. Frege (1848-1925), el sentido de lo dicho condiciona su referencia, el hecho.  Sin la doble negación de un simulacro, no hay entrada a la expresión imperial y universal: inglés à poética  à manuscrito quemado  à hecho histórico.

 

Rafael Lara-Martínez. Tecnológico de Nuevo México. Del equipo ContraPunto.