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Por Rafael Lara-Martínez

 

DESDE COMALA SIEMPRE… Siempre se ha hermanado el ideal de la libertad con la sed de sangre de los vencedores (J. Dols Corpeño, Revista del Ateneo, Año II, No. 14, diciembre de 1913 y 1914: 71).

 

I.  Del olvido cívico…

Hacia la fundación del Ateneo de El Salvador sucede un “renacimiento intelectual” en el país (Año 1, No. I, 1/diciembre/1912: 1).  “Después de un eclipse de varios años, debido al período de desorganización que hemos atravesado”, se percibe una “favorable oportunidad” para discutir la cuestión nacional de manera seria y razonada.  Sus primeros socios creen que “el poder de la ciencia” sobrepasará “estériles e infecundas luchas”, políticas sangrientas (Año 1, No. I, 1/diciembre/1912: 1; la utopía de una “Nación que pertenece a todos” por el “auxilio de la Ciencia” y del “Arte”, inaugura el Libro Araujo, 1914: 10). 

 

La conciencia de un desastre histórico intenta revertir su esfuerzo hacia la labor conjunta de todos los “hombres de ciencia, de letras y de arte, que hasta ahora han vivido aislados”.  “Bajo los nobles auspicios del Jefe de la Nación Salvadoreña”, Manuel E. Araujo (1911-1913, fechas de mandato presidencial), la utopía consiste en inaugurar un espacio público de expresión en el cual la discusión argumentada sustituya conflictos armados.

 

Desde “El Primer Certamen Literario del Ateneo de El Salvador”, una de las temáticas más reiteradas interpreta el sentido que posee la independencia centroamericana en ese principio de siglo (Año I, No. 12, octubre/1913: 381-382).  La respuesta más tradicional la expone la conformación de una religión laica para uso del estado y cultura oficial.  

 

En esta línea conservadora, el panegírico reemplaza el pensamiento crítico que hace de la independencia un problema.  Bajo la misma rúbrica clasifican varias famosas poesías que componen Patria de  Francisco Gavidia (versión definitiva, 1974: 241-376),  odas, biografías y discursos incluidos en los Juegos Florales del Centenario de la Insurrección de 1811 (1911) y El libro de los Juegos Florales (1921), al igual que la “Oda a Centroamérica” de Alfonso Espino (poeta doblemente laureado, 1921; Año IX, No. 84, septiembre/1921: 1521-1526 y Año X, Nos. 85-87, 1921: 1598-1601). 

 

A esta tendencia también pertenecen semblanzas de los próceres, loas a la libertad, himnos (a la bandera) y un sinnúmero de trabajos que al reseñar “El Salvador a través de la historia” le prescriben el título de “hija predilecta de la Federación” (Salvador R. Merlos, Año VI, Nos. 57-68, enero-diciembre/1918: 1206; pero admite que “el Sol del Unionismo” implica “fresca sangre”, saber “derramar la sangre” (1206-7), sin osar asociar este hecho a matanzas que enturbian ideales).  Hay una exaltación de la patria —un ascenso glorioso a la libertad— sin más contrariedad que célebres “sacrificios” de hombres ilustres, los próceres, y algunos de sus prosélitos populares. 

 

Esta corriente instituye un civismo fervoroso.  Pero al proponer una creencia patriótica ciega, su principio pasional traiciona “el poder de la Ciencia” sometido a demostraciones historiográficas, al igual que a posibles contra-argumentos (Libro Araujo, 1914: 10).  El olvido cívico —lo que el civismo olvida en sus loas piadosas— es exigir razonamientos metódicos y antítesis que deduzcan sus flaquezas.  En esta omisión surgen tres socios del Ateneo —Adrián M. Arévalo, José Dols Corpeño (primer presidente; pseudónimo de José Dolores Corpeño)  y Abraham Rodríguez Peña— con sus respectivas propuestas sobre la independencia como problema. 

 

A la convención historiográfica republicana en boga  —la de una gesta heroica popular dirigida por próceres iluminados (José Matías Delgado, según la historia oficial, pero “al lado de los monárquicos” y sin “destacarse antes de la proclamación de independencia” (Durán, 1961: 13))— con atinada lucidez, los tres miembros no contraponen la invención de un nuevo mito: búsqueda de prohombres populares de izquierda, Pedro Pablo Castillo, cual lo sugiere Alejandro Dagoberto Marroquín (Apreciación, 1974: 73-76).  Ambas posiciones contrapuestas —historia conservadora oficial y revisión marxista— mantienen en común la idea de una gesta heroica por la fundación de la patria.  En cambio, los ateneístas aducen la ausencia de todo proceso de independencia y, peor aún, un descalabro fratricida subsiguiente a la “fábula liberadora” de 1821 (la independencia como “ficción deslumbradora”, “espejismo” y demás sinónimos, la defiende Dols Corpeño, 1914: 10 y 14). 

 

A diferencia de otras regiones de Latinoamérica, en El Salvador es imposible reconstruir un transcurso incesante de luchas independentistas.  Entre el primer grito (1811) —el segundo intento abortado por lanzar otro grito de independencia (1814)— y su doble declaración final (1821 (independencia de España) y 1823 ( independencia de toda potencia extranjera)) no existe una continuidad.  Según los ateneístas, se presenta un hiato infranqueable, un dilatado letargo independentista sin líderes obvios ni voluntad popular. 

Entre esos siete a diez años de sopor (1811-1814-1821-1823), florece la indiferencia.  El desmayo patriótico lo comprueban las escuetas “anotaciones cronológicas” que realiza los historiadores Francisco J. Monterey y Miguel Ángel García  para los años 1815-1820 (el término lo aporta el título del trabajo de Monterey, 1943/1977 : 49-60; lo secunda García, 1952: 307-308).  Acaso la idea de una lucha continua por la independencia sería un mito fundacional, republicano y liberal.

 

II.  …A la independencia como problema

II.  1.  José Dolores Corpeño

Si no existe proceso de independencia y la libertad imprevista expresa “sed de sangre”, Dols Corpeño (1914: 14) se pregunta por las razones del “espejismo de mil ochocientos veintiuno” y del “cauce sangriento [que] se abrió en tierra centroamericana” debido a esa “contingencia”.  He aquí resumida su posición crítica que el propio presidente en turno, Manuel E. Araujo (“alocución dicha el 3 de julio de 1913”), caracteriza de “alta aristocracia del talento” (citado en Dols Corpeño, 1914: 3).

 

“El espejismo de mil ochocientos veintiuno —asonada que «casualmente», sin un gesto heroico, saludamos como nacimiento de la Patria— [es una] ficción deslumbradora de soberanía [cuya] fatalidad [produjo] matanzas y debates fratricidas [en pueblos que] jugaban a la libertad, como jugar a las muñecas [con] sus manos manchadas de sangre.  [Si deseamos testimonio vivo], fijemos los ojos en la huella triste que señala en los campos el paso de la discordia y de la matanza.  Pidamos una palabra a esas pirámides de calaveras que se alzan en las llanuras.”  (Dols Corpeño, Patria, 1914: 14, 19, 26 y 36; ensayo laureado; lo secunda García, 5 de noviembre (1914: 49), “nuestras fratricidas luchas [fratricidas comienzan en] El Espinal [con la oposición] de Delgado a la incorporación de Centro América a México”).

 

II.  2.  Abraham Rodríguez Peña

Por su parte, Ramírez Peña estropea la celebración del “Centenario del Primer Grito de Independencia (1811-1911)” al evocar los “estragos” bélicos del período independiente (Juegos Florales, 1911 y Por la paz, 1910: 13). Mientras todos los intelectuales que inventan una religión laica se visten de gala para recitar loas a la patria, su postura pacifista les recuerda el sino trágico de la soberanía nacional. 

 

«Estamos próximos a cumplir cien años de vida independiente, y ¿qué hemos hecho durante tanto tiempo?  Destruirnos mutuamente […] ¿Cuál será el legado que el siglo viejo dejará al nuevo?  El recuerdo de tantas guerras sangrientas en las cuales el hermano mató al hermano, el padre al hijo y el hijo al padre […] Nuestra historia patria [es] reseñas horripilantes de combates que fueron verdaderas matanzas.  En el parte que el general Santiago González comunicó al ministro de la guerra el día 28 de febrero de 1863 se leen estos párrafos: “el campo de Coatepeque, al anochecer del día 24 de febrero era un vasto osario: el campo enemigo cubierto de cadáveres y heridos, el cielo ennegrecido por la pólvora, la desolación y la muerte por todas partes”.  Más adelante dice: “La mortandad que sufrían las tropas guatemaltecas era espantosa” […] causaba verdadero horror el campo de Coatepeque a la vista no sólo del número de muerto, sino también por el estado de ellos: por todos lados se encontraban miembros humanos, ya una cabeza, ya un brazo, una pierna, hombres divididos en dos partes, estragos cauzados por nuestra artillería, que con tanto acierto dirigieron los oficiales Biscouby y Vassel dignos de recomendación”».  (Por la paz de Centro-América, 1910: 11-12 y 40-41)

 

II.  3.  Adrián M. Arévalo

Arévalo remata esta percepción crítica de una vida independiente sometida a masacres.  Su novela histórica Lorenza Cisneros (1912: 20) narra “el nuevo tutelaje que los nobles guatemaltecos quieren imponerle a mi Patria”, por lo cual se necesita una segunda independencia (1823) luego de la anexión al México monárquico.  Relata también el anhelo fallido que representa Francisco Morazán (1792-1842) el cual culmina en “la marcha al Oriente del Estado”, y “la tremenda carnicería” en la que “rodó el cuerpo de Jorge Llerena”, prometido de Lorenza (Arévalo, 1912: 60.  ¿Se trata de San Pedro Perulapán o Espíritu Santo, 1839?.  “La sangre de San Pedro Perulapán y el Espíritu Salto en 1839”, la confirmaría Dols Corpeño, 1914: 67).  “Morazán cayó porque quería la Unión a balazos” (Arévalo, 1916: 40). 

 

Todo ideal de unión y libertad se ahoga en la hecatombe, aun sea por autodefensa.  “No es dable pasar rápidamente de la lucha [fratricida] a la unión pacífica y sincera” (Conferencia de Paz Centroamericana, Washington, D. C., noviembre de 1907, Ramírez Peña, Por la paz, 1910: 148).  El proyecto unificado de nación lo asfixian disputas homicidas.  (1)   Tal cual lo confirma el testimonio de un soldado raso que lucha hasta el descalabro liberal, el verdadero ideal consiste en vengar la muerte de su padre y la tristeza de su madre al

“matar, matar más, ¡matar siempre y sin misericordia el mayor número de enemigos!  “Vengaré a mi padre –se decía a sí mismo el intrépido mancebo–  ¡Oh sí! lo vengaré aunque me cueste la vida!  ¡Pues qué!  Haber fusilado al autor de mis días esos canallas!  ¡un pobre viejo!”…  en todas mis correrías logré matar veinte enemigos, herir cinco y hacer prisioneros seis.  Por supuesto, los últimos fueron pasados por las armas; losheridos se murieron a la postre: por todos, pues, ¡sólo fueron treinta y uno los de mi cosecha!  Estoy satisfecho: mi padre ha de haber visto desde el cielo que, si más se me hubieran puesto a tiro, me los soplo sin remordimientos para vengar cumplidamente la muerte que le dieron a él, al pobre viejo, ¡que ya a penas podía con la fe de bautismo!…” (Roque Baldovinos, 2008: s/p).

 

Esa matanza afecta no sólo a dos países hermanos enemigos, sino a una misma nación dividida en posiciones políticas en pugna.  “Es verdad que no sólo fueron guatemaltecos los que pusieron sitio a San Salvador, para derrocar al General don Gerardo Barrios y acabar con nosotros: la mayor parte de los sitiadores fueron salvadoreños y muy legítimos guanacos” (Roque Baldovinos, 2008: s/p; la saga militar de Barrios la restituyen documentos primarios que reproduce la Revista del Ateneo (Nos. 111-112, Año XIII, agosto-septiembre/1926: 4362-4390 y 4429-4458): viaje a Nicaragua a combatir contra William Walker (1856), inicio de lucha por el poder a falta de enemigo común, intento de insurrección contra presidente salvadoreño Rafael Campo y enemistad con Dueñas (junio/1857), senador durante presidencia de Miguel Santín del Castillo (febrero/1858), conflicto entre poder laico y religioso (septiembre/1861), Misa de gracias y Te Deum en la capital luego de matanza de guatemaltecos en Coatepeque (1863), etc.). 

 

Desde sus inicios, la nación salvadoreña se halla seccionada en bandos enemigos que se combaten a muerte.  El ensayo de Valencia Robleto revela la división interna de la nacionalidad salvadoreña  por la alianza del “Doctor Dueñas” con Carrera, quien cuenta con el apoyo de “todos los demás generales y notables de Santa Ana, Sonsonate, Santa Tecla […] los Guirola, Orellana, Duke, Gallardo, los Sol, Cáceres, Olivares, Alcaine, Liévano, Escalón, Dubón y los generales Choto”, así como por la traición del general Santiago González a cargo de Santa Ana (No. 164, diciembre/1944: 55-57)

 

“Caudillaje y tiranía” reinan “en el campo libre, campo de lucha de la codicia y de la desvergüenza humana, de la matanza y de los debates fratricidas” (Dols Corpeño, 1914: 19).  Ante la mortandad, en unión borgeana de los opuestos, no se sabe quién es traidor, quién es héroe.  Y “La Gloria” republicana nos confiesa: “he visto sus manos manchadas en sangre.  ¿Cuál es Caín?  ¿Cuál es Abel?  ¿Cuál es Judas?  ¿Cuál es Jesús?  —No sé… Profundo silencio”  (Dols Corpeño, 1914: 30).  Lo insigne se confunde con lo villano, ceñidos ambos por una oscura violencia bajo la cual hechos y valores “son pardos” (proverbio popular, “de noche todos los gatos son pardos”, léase, “bajo la violencia generalizada, todos lo valores son pardos”). 

 

III.  Término

Bastan esas tres breves anotaciones —Dols Corpeño, Ramírez Peña y Arévalo— para resumir un pensamiento crítico irreconocido.  En este mes de septiembre cuando entonamos cantos gloriosos y cívicos a la patria —de nuevo, ataviados de etiqueta—  recordamos que al menos tres intelectuales del cambio de siglo antepasado  —seis, al añadir a Miguel Ángel García, Alberto Masferrer y Salvador Turcios R.— perciben en esta celebración carencia y olvido.  Todos ellos nos revelan apoteosis exageradas e irreverentes en un país recién fundado y sin proyecto unificado de nación. 

 

A principios del siglo XXI, es paradójico el encierro mental de la  globalización.  Hace un siglo contamos más versiones sobre un hecho histórico fundamental que en el presente democrático.  Los ateneístas y sus contemporáneos demuestran un mayor decoro que el nuestro en el homenaje.  Obsesionado por épica independentista, heroísmo y silencio de guerras independientes, la actualidad empaña toda versión que no apoye su predominio político.  Para ello, a la víspera del segundo centenario del primer grito (1811-2011) —¿de la única epopeya? — hay que olvidar toda aquella desconfianza que remuerda la conciencia histórica del primer centenario. 

 

“Pidamos una palabra a esas pirámides de calaveras que se alzan en las llanuras” recita una exigencia historiográfica que nuestra (pos)modernidad no ejerce aún (Dols Corpeño, 1914: 36).  Quizás el “temor a la democracia” —sin “firme propósito de libertad”— nos embarga desde 1821 hasta el presente (Dols Corpeño, 1914: 54).  Aún se teme honrar a las víctimas inocentes cuya mención estropearía la lujosa celebración que se avecina.

 

Rafael Lara-Martínez. Tecnológico de Nuevo México. Del equipo ContraPunto